¿Cómo publico mi material?

Si querés publicar tu cuento, recomendarnos libros, música u obras de teatro, sólo tenés que mandarnos un mail a: nomevengasconesecuento@gmail.com y nosotros vamos a publicarlo, a la brevedad más breve, SIN EXCEPCIONES.

También podés recomendarnos el rango de edad para el cual el cuento está pensado.

Los cuentos se dividen en:

1-Primeras lecturas

2-De 6 a 8 años

3-De 8 a 10 años

4-De 10 a 12 años.

Si el cuento es de un autor conocido, podés contarnos de qué libro y editorial es. Si es de tu autoría: ¡¡¡mejor aun!!!

También podés comentar otros cuentos, dejarnos historias cortas, chistes, ideas y todo tipo de comentarios. Gracias por construir un espacio diferente con: No me vengas con ese cuento!!!

De las muchas y variadas historias de Rufus, el superhéroe.

GRACIAS A TODOS LOS QUE PARTICIPARON!!!

Breny, Guadalupe, Matilda, Tao, Erika, Cristina, Mateo, Alan, Sol, Ian, Gonza, Sandra, Ana, Estela, Cristina, "Es Grosso", Detrás de escena, Jugá Con-migo, Tío cosa Retutteador, y a todos los que nos ayudaron (espero no nos olvidemos de nadie).

Y a Manu que inventó la consigna que impulsó las muchas y desopilantes historias de Rufus.

Manu sos un Grande!!!

Tenemos más historias de Rufus que iremos subiendo a la brevedad. Ya pueden ver su historia audiovisual en nuestro canal de Youtube: nomevengasconscuento.

http://www.youtube.com/watch?v=mvGmhrfo1Jw

Como hacer un cuento colaborativo

No me vengas con ese cuento sigue trabajando para generar contenidos nuevos de manera divertida. Por eso dejamos una consigna en Youtube.

La idea es armar la historia de Rufus, un hamster con superpoderes que puede transformarse en hierro, agua y fuego.

¿Querés ayudarnos a construir esta historia?

Si querés, podés mandarnos un mail a nomevengasconesecuento@gmail.com respondiendo estas preguntas (podés responder una o varias, lo importante es que uses mucha imaginación):

¿Donde vive?
¿Cómo oculta su identidad secreta?
¿Que defiende/a qué se enfrenta?
¿Cómo se viste?
¿Tiene amigos?
¿Cómo obtuvo sus poderes?

Piensen en un conflicto que pueda resolver usando sus poderes (recuerden que no puede resolverlo con violencia)
Piensen en un final.

¡¡¡En unos días vas a ver un cuento terminado en nuestro canal de Youtube con las ideas que nos envíes!!!

Mostrando entradas con la etiqueta 4.De 10 a 12 años. Mostrar todas las entradas
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martes, 7 de diciembre de 2010


El aviador trataba de mantener estabilizada su nave, el reloj del combustible le indicaba que aún tenía  media hora de vuelo. Observando hacia la izquierda podía ver  el inquietante frente de tormenta que se acercaba a una velocidad muy rápida. En un abrir y cerrar de ojos  los rayos y truenos estaban sobre él, ya la tormenta envolvía y sacudía a la pequeña e indefensa aeronave. De pronto del epicentro del temporal surgió una extraña calma, y lo que el aviador vio lo dejó asombrado, dos extraños objetos voladores, nunca había visto algo así. Uno de ellos se acercó a la cabina de su avión, suspendido en el aire como si colgara de un hilo invisible.

Sintió cómo una fuerza  poderosa lo atraía, su avión había dejado de funcionar, pero para su sorpresa no había modificado su posición, no perdía altura, no daba vueltas, sólo se mantenía como en la nada. ¿Qué estaba ocurriendo?

Una extraña voz con sonido metálico y desagradable estaba ordenándole que se sacara el cinturón y saliera de la nave…¿Salir del avión?, Adonde,¿Al vacío?

Pero caería de inmediato hasta estrellarse en la tierra ¿Y el avión? ¿Y el cargamento de oro y piedras?

No, no podía ser, todo esto no era más que un sueño, seguramente lo había vencido el cansancio del largo viaje y había soñado por un instante.

Pero no, ahí estaba otra vez esa voz ordenando amenazante.

Su avión comenzó a cabecear peligrosamente, las alas crujían como si fuesen a desprenderse del cuerpo del aparato.

Cuando ya pensaba que sus minutos estaban contados el ovni se alejó de golpe, desapareció a toda velocidad, elevándose y dejando una estela de luz azulada y centellante.

Del lado derecho de la cabina pudo divisar al otro artefacto que lo saludaba con un guiño de luces, luego se colocó por delante de él suavemente, prendió más luces, muy extrañas también pero de un color más cálido y como por arte de magia su avión comenzó a ronronear, cobró vida. Y de pronto había dejado atrás la tormenta y podía ver el pequeño aeropuerto privado para comenzar a descender.

Cuando ya la avioneta se hallaba en tierra, quieta como un pájaro dormido. El hombre cerró los ojos, recordó lo ocurrido como si fuera una película y envió mentalmente un mensaje “A quien quiera que haya sido mi salvador ¡Gracias!” y en ese mismo instante el ovni pasó por delante de la cabina, quedó sin moverse un momento y se elevó a todo vuelo.

Breny 

jueves, 2 de diciembre de 2010

MI VIDA:

Es arcilla lo que tengo en mis manos.
Logro darle forma. Parece una mujer.
Su cabeza es demasiado pequeña.
Intento agrandarla.
Ahora su pecho se ve chato, como vacío.
Pongo un poco más de arcilla, y pierde la figura.
Odio su costado izquierdo, se ve débil. Lo acaricio suavemente.
Ahora su lado derecho carece de forma.
Perdió una mano, no tiene con qué agarrarse.
Más arcilla.
Ahora las piernas tambalean de un lado a otro,
no puede sostener su propio peso.
Sus pies son pequeños, y sus manos demasiado grandes.
Intento agrandar sus pies para que su paso sea firme,
y achicar sus manos, para que no necesite abarcar tanto.
Sus brazos son demasiado cortos,
Jamás podrá abrazar (¿y qué sobre recibir abrazos?).
Pienso que es demasiado difícil,
que debería desistir,
cuando logro arreglar algo,
otra cosa pierde su lugar.
Es imposible, no hay fórmulas para esto.
Finalmente entiendo que no debo desistir a la creación de esta mujer,
Sino a mi capricho de hacerla tan perfecta.

Paola Siles

viernes, 26 de noviembre de 2010

Cuento con Odos - Sancho Curador

Por Graciela Montes
Algunos datos acerca de los odos

* Los odos son chiquitos.
* Los odos usan flequillo y zapatos redondos.
*Los odos juegan al fútbol con arvejas.
*Los odos viven en latitas de azafrán.
*La mayor parte de los odos viven en el Fondo del Jardín o en el Terreno de Enfrente.
*Los odos comen pasto. También toman mate.
* Los odos no vuelan.
* Es muy común ver a un odo sentado arriba de un trébol petiso.
*Cuando saludan, los odos dicen: AO.
*Cuando están asustados, los odos dicen: LU.
* Las primeras historias de odos —Nicolodo viaja al País de la Cocina, Así nació Nicolodo y Teodo— fueron publicadas por el Centro Editor de América Latina en la colección Cuentos del Chiribitil.
Sanchodo Curador

Aunque parezca mentira, hasta el odo más pintado se lastima a veces o se enferma. Así que en el Fondo del Jardín, en el Terreno de Enfrente (y en cualquier otro oderío como la gente), además de odos carpinteros y odos pintores, de odos mecánicos, de musicodos, de odos viajeros y de inventodos tímidos, hay algunos doctodos que se ocupan de curar.

Por ejemplo: un odo aventurero que llega de su viaje con moretones y raspones se va enseguida a la latita de azafrán del doctodo Dos, que le pone vendas y le hace sana sana.

En cambio, los odos con dolor de panza de tanto comer trébol y ligustrina se van corriendo a ver al doctodo Tres para que les haga un té de margarita.

Pero cuando un odo está violeta o verde limón lo mejor que puede hacer es ir cuanto antes a la casa de Sanchodo Curador.

Como bien se sabe, cuando a un odo le viene la tristeza primero pone cara de triste, después llora hojitas y termina por ponerse verde limón. En cambio los odos asustados primero ponen cara de asustados, después dicen LU y después se ponen violeta violeta. Y el único que sabía qué hacer con un odo violeta o verde limón era Sanchodo Curador.

Primero se acomodaba bien los anteojos (que, como los odos tienen poca nariz, siempre se les andaban cayendo), después miraba bien bien, le hacía un mimo en el flequillo al enfermo y preguntaba:

—¿Y usted por qué anta tan tristón, amigo?

O si no:

—¿Qué le pasa que se lo ve tan asustado, compañero?

Y ahí nomás el odo empezaba a perder verde limón o a perder violeta y se le iba pasando la tristeza y el susto mientras contaba y contaba. Después, un caldito de helecho y a casa. Así siempre.

Pero un día Sanchodo Curador tuvo que vérselas con un caso muy difícil. Estaba tomándose unos mates con Teodo, en la puerta de la lata, cuando de pronto la ve a Odana, que venía corriendo a todo lo que le daban los zapatos y gritando:

—¡Don Sanchodo, don Sanchodo! ¡Si usted viera!

—¿Qué pasa, Odana? —preguntó Sanchodo Curador bajándose del trébol.

—Odosio está metido debajo de una piedra, más violeta que no sé qué, y no dice nada, nada más que LU LU LU todo el tiempo. Me parece que es grave, don Sanchodo.

Cuando llegaron a la piedra ya estaban reunidos el grillo Gardelito, Nicolodo, la Mariposa del Jazmín, tres vaquitas de San Antonio que venían de hacer las compras y cuatro odos chicos que estaban jugando al fútbol en la canchita del malvón.

Claro que todos se hicieron a un lado cuando lo vieron venir a Sanchodo Curador. Al fin de cuentas era el único que sabía algo de odos asustados.

Sanchodo se acomodó los anteojos, miró lo mejor que pudo el pedacito de Odosio que se veía debajo de la piedra y dijo, como siempre:

—¿Qué le pasa que se lo ve tan asustado, compañero?

Pero Odosio no estaba para contestar preguntas. Lo único que se oyó fueron tres LUS y dos suspiros.

—Lo habrá asustado algún sapo —sugirió Gardelito.

—O un grillo burlón —le retrucó Humberto, el sapo.

—O un gusano con careta.

Sanchodo Curador se acariciaba las orejas porque estaba pensando con mucha fuerza.

—Hay que averiguar —dijo por fin—. Y para averiguar hay que ir. Y de ir, mejor que vayamos todos, así no nos asustamos.

Entonces Renato, el gusano, se metió debajo de la piedra y le preguntó a Odosio dónde se había asustado y Odosio dijo LU LU LU LU LU, como cinco veces, y señaló hacia el Patio.

Ese mismo día se pusieron en marcha nueve odos, dos grillos, tres vaquitas de San Antonio y cuatro gusanos. Por suerte el sapo Humberto también iba, haciendo de colectivo, así que tanto no tardaron.

Cuando llegaron a la Frontera de los Rosales, Sanchodo Curador les dijo a todos que se bajaran de Humberto y que siguieran a pie, despacito y agarrados de la mano, para no ponerse violetas. Y despacito despacito, a pasito de odo, a salto de grillo y a panzada de gusano, llegaron hasta la primera baldosa. Allí empezaba el Desierto del Patio.

De pronto todos los odos gritaron LU y los grillos y los gusanos y las vaquitas de San Antonio y el sapo Humberto, que no sabían gritar LU, dijeron ¡Oia! Porque ahí no más, tomando sol como si tal cosa, estaba el gato Pato con todos sus bigotes.

Violeta lo que se dice violeta no se pusieron, pero un poco lila sí. Y no es que el gato Pato fuese un gato demasiado grande, pero hay que tener en cuenta que los odos son tirando a muy chicos.

Sanchodo Curador se dio cuenta de que tenía que pasar al frente, y se adelantó una baldosa roja. Y después otra blanca. Y después otra roja. Y cuando estaba casi casi al lado de los bigotes, el dueño de los bigotes abrió un ojo verde. A Sanchodo le pareció el portón de un garage. Y justo cuando estaba por ponerse violeta violeta el portón volvió a cerrarse.

Sanchodo se acomodó los anteojos, se peinó el flequillo y dijo:

—Este gato no es para asustar a nadie.

Y mientras volvián al Fondo, montados en Humberto, pensaba que un día de ésos iba a volver al Desierto del Patio, para preguntarle al gato qué se opinaba por allí del caldo de helecho tibio.



Nicolodo viaja al país de la cocina

Por Graciela Montes

Hubo un tiempo en que el Fondo del Jardín estaba lleno, llenísimo de odos. Había odos chicos y medianos, odos gordos y odos flacos, odos morochos, rubios y pelirrojos. Había unos odos muy estudiosos que se llamaban doctodos y otros odos más bien tímidos que se escondían detrás de las hojas del laurel.

Los odos vivían en latitas de azafrán y jugaban al fútbol con arvejas. Y se llevaban bien con todo el mundo, con los grillos, con las hormigas y con los gusanos.

Los odos son buena gente: trabajan y juegan o juegan y trabajan, según el día. Menos los odos chicos, que juegan y juegan, porque para eso son chicos, qué tanto.

Nicolodo era un odo mediano, más bien chico, aunque ya usaba pantalones largos y zapatos redondos. Pero Nicolodo trabajaba. Era mecánico de escarabajos en la calle del Hormiguero, cerca de la Plaza Margarita.

Nicolodo se despertaba muy temprano todas las mañanas. Se peinaba el flequillo con un peine de tres dientes y salía a buscar su desayuno. Los odos desayunan siempre al aire libre: toman dos o tres gotas de agua con pajita y se comen un pastito. (A Nicolodo le encantaba mojar el pastito en el agua antes de comérselo).

Después del desayuno Nicolodo se iba al taller silbando bajito para no despertar al grillo Gardelito, que se había pasado la noche cantando tangos.

Y al llegar al taller agarraba el destornillador y la llave inglesa y se ponía a arreglarles las alas y las patitas a los escarabajos, que como andan mucho siempre se descomponen.

Pero un día Nicolodo quiso viajar. Se despidió de Gardelito, de la hormiga Andrea, siempre tan atareada, y del gusano Arístides. Pidió licencia en el taller y se fue caminando ando ando ando por la ruta Tres. Cruzó la Frontera de los Rosales, atravesó el Desierto del Patio y ya era casi de noche cuando llegó al País de la Cocina, del que tanto le habían hablado las hormigas.

Justo, justo en el medio de la cocina estaba Cristina, que acababa de encender la luz y se estaba poniendo el delantal para preparar la comida. Cristina era enorme, enormísima, enormisimísima, lo más enorme que había visto Nicolodo en toda su vida. Las rayas de la blusa le parecían grandes avenidas azules. En un bolsillo de ese delantal bien podían vivir siete familias de odos y un par de grillos.

Nicolodo estaba más bien asustado. Todo, todo era grande. Las cacerolas parecían rascacielos redondos con manija y la pileta llena de agua era como el mar.

Así que Nicolodo se fue acurrucando detrás de un montón de huevos, calladito y un poco arrepentido de haber salido de viaje solo a un país tan extraño. Pobrecito Nicolodo. Creía que no lo iban a ver, pero Cristina dijo: -Me parece que voy a hacer una tortilla.

Así que peló las papas y las cortó en rodajas, y después agarró un huevo, y después otro huevo, y otro huevo más, y detrás del cuarto huevo estaba Nicolodo, tapándose los ojos para que no lo vieran. Cristina no dijo OH ni AY ni HUIA ni HOLA ni nada porque era buena y enseguida se dio cuenta de que las cosas chicas se asustan si uno les grita. Entonces hizo como que no veía y se puso a batir los huevos sin hacer demasiado ruido.

Nicolodo espió primero con un ojo y después con el otro y después con los dos, y cuando vio que todo seguía igual y que Cristina era una giganta amable y comprensiva, empezó a mover las patitas, que es lo que hacen los odos cuando están contentos. Cristina levantó un dedo (a Nicolodo le pareció que era el Obelisco) y después lo bajó despacio y le acarició el flequillo. Era un dedo inmenso, pero suavecito, y Nicolodo se sintió feliz.
Después Cristina puso dos gotas de leche y dos gotas de agua, un montoncito de mermelada, una miga de pan y un pedacito de lechuga, para que Nicolodo eligiera. Nicolodo eligió el agua y la lechuga, que era lo más parecido al pastito. Y después de comer se quedó dormido en el fondo de una cuchara sopera.

Cristina y Nicolodo no se hablaron, pero se hicieron muy, muy amigos.

A la mañana siguiente Nicolodo regresó a su casa. Salió del País de la Cocina, atravesó el Desierto del Patio, cruzó la Frontera de los Rosales y ya era casi de noche cuando llegó a su latita de azafrán. Estaba por ponerse la tapita para dormir cuando oyó a Gardelito que le preguntaba: -¿Qué tal el viaje, Nicolodo?- -Lindo, lindo –dijo Nicolodo, y se quedó dormido sin cerrar la latita. Pero antes de ponerse a soñar pensó: “Si junto unos pesos la semana que viene me hago otra visita al País de la Cocina”.


jueves, 25 de noviembre de 2010

"El Besuqueador"

De Elsa Bornemann

Le decían «El Besuqueador» o «El Besuquero». ¡Y bien merecido por cierto!

Aquel muchacho tenía una costumbre rarísima.
¿Saben cuál? Pues besar a personajes famosos. Se lo pasaba viajando de un lado a otro, en compañía de su fotógrafa particular. Iba llevado —tan sólo— por su deseo de estampar sonoros besos en las mejillas de presidentes, actores, deportistas escritores, músicos, bailarines...

A cuanto personaje muy conocido lograba acercar¬se... ¡CHUIC!... le daba un beso. Su fotógrafa particular apresaba aquel momento en su maquinita: ¡CLIC!

¡Qué feliz se sentía entonces «El Besuquero»! Tanto como cuando —ya de regreso en su casa— contemplaba su colección de fotografías que tapizaban to¬das las paredes de la vivienda. Ah... En cada una de ellas podía vérselo besando a algún famoso...

La mayoría de las veces el muchacho no salía muy favorecido que digamos; tales eran las contorsiones que debía hacer para dar sus «besos a la fuerza»... tantos eran los codazos que propinaba para abrirse paso entre el gentío y los guardaespaldas que suelen rodear a los grandes personajes... En síntesis: salía mal en las fotos... por lo general aparecía como un chiflado... pero ese detalle no empequeñecía su felicidad.

—¿Se da cuenta de la cantidad de gente importante que llevo besada? —le dijo un día a su fotógrafa panicular—. ¡Soy tan importante como ellos!
Y se puso a cantar:

De mi boquita
nadie se escapa.
Besé a una reina,
también al Papa...

—¡Bah, bah!, ¡más le convendría hacerse gárgaras de talco, en vez de decir tamañas pavadas! —exclamó –de repente– la fotógrafa, mientras revelaba la última instantánea que le había tomado al Besuqueador, besuqueando al más publicitado futbolista de Mongonesia.

El muchacho se quedó mudo al escucharla. Aquella joven lo habla acompañado desde el comienzo de sus viajes a través del mundo... Jamás le había hecho ningún comentario... ¿Qué le pasaría?

—¡Qué le pasa? —le preguntó entonces.
—Pasa que estoy harta, harrrta de trabajar para usted, un hombre tan pavo...
—¿Pavo yo?
—¡Pavísimo! ¡Con esa manía de besar porque sí... y jamás un besito para alguien que lo quiera! Además... ¿a usted quién lo besa? ¡Nadie, nunca, le dio un simple besito de amor! ¡Renuncio a mi empleo! ¡No lo soporto más! Adiós.

La joven se fue llorando. ¿Por qué lloraría?

Durante varios meses, el Besuqueador no salió a besuquear, tal era su confusión debido a las palabras de la fotógrafa.
Encerrado en su casa, pensaba en ellas una y otra vez.
¡Ah...! pero también pensaba en ella una y otra vez...
Hasta que un día, sintió que volvía a tener unas enormes ganas de dar un beso... ¿A quién?
Pues a aquella muchacha anónima.
Entonces, la llamó por teléfono, le mandó un telegrama y le escribió una carta para decírselo...

Y el besito que los unió más tarde fue de amor, de verdadero amor...
Por supuesto, se pusieron de novios y se casaron.
Poco tiempo después, con todas sus ridículas fotos del pasado, el ex-besuqueador publicó un álbum titulado:
«CUANDO YO ERA PAVO»...

viernes, 29 de octubre de 2010

Orgullo en una leyenda guaraní
La flor del Irupé

Mito extraído de “Libro de los pecados, los vicios y las virtudes”  
de Ana María Shua (Ed. Alfaguara). 


Entre los jóvenes de la tribu, Pitá era el más valiente, el más fuerte, el más audaz. Y el más enamorado. Todo su coraje se rendía a los pies de la hermosa Morotí.

La muchacha estaba muy orgullosa del amor de Pitá y del poder que tenía sobre él. Se jactaba de la pasión que había inspirado, capaz de transformar al joven guerrero en juguete de sus caprichos.

Cierto día paseaba con sus amigas por las orillas del Paraná. Los vientos y las lluvias recientes habían provocado una peligrosa crecida y las aguas del río bajaban torrenciales. En ese momento Morotí vio que se acercaba su fiel Pitá y quiso demostrar ante las otras muchachas todo lo que el guerrero estaba dispuesto a hacer por ella.

Sin pensarlo dos veces, Morotí se sacó el brazalete y lo arrojó a las aguas enfurecidas y turbias.
-¡Pitá, mi brazalete! -dijo.

Y fue suficiente para que el muchacho se lanzara al río detrás del objeto brillante. Pitá podría haber salido airoso de la prueba. Como cualquier guerrero guaraní, era un excelente nadador, conocía muy bien los riesgos y las jugarretas del Paraná y sus aguas traicioneras. Pero Ñandé Yará, el Gran Espíritu, había dispuesto castigar la coquetería de Morotí. Por un momento se vio asomar de las aguas la cabeza de Pitá y después, atrapado por un remolino, volvió a desaparecer. Esta vez, para siempre.

Morotí y sus amigas no podían creer lo que habían visto con sus propios ojos. Recorrieron la orilla río abajo y río arriba, convencidas de que Pitá les estaba haciendo una broma. Gritaron su nombre con todas sus fuerzas. Después gritaron con desesperación.

Pero no era un juego. Cayó la noche y Pitá no volvió a la tribu.

Morotí estaba enloquecida de dolor. Por su capricho y su tonto orgullo, Pitá había muerto ahogado.



Sin embargo, el chamán de la tribu consultó a los dioses y obtuvo otra respuesta. Pitá no estaba muerto. I Cuñá Payé, la hechicera de las aguas, lo retenía en su palacio del fondo del río, envuelto en sus redes de amor brujo.

Desesperada, arrepentida, Morotí se ató al cuello una enorme piedra y llevando esa carga se arrojó al río antes del amanecer, cuando nadie podía retenerla. Una de sus amigas la había seguido y alcanzó a verla hundiéndose en el agua revuelta del Paraná. A gritos pidió ayuda.

Los hombres y mujeres del pueblo guaraní vieron entonces salir de las aguas una enorme y extraña flor que jamás habían visto antes. Era hermosa y su perfume, delicioso. Los pétalos del centro eran blancos, como la pureza de la linda Morotí, y los del borde eran rojos, como la sangre bravía y enamorada de Pitá. El Gran Padre Tupá había perdonado su locura de jóvenes y había unido para siempre el alma de los dos enamorados en la flor del irupé.



La leyenda de la flor del irupé es una variante de un motivo que aparece en las culturas más diversas. Se trata del juego entre el Valiente y la Bella, en que la Bella (a veces su padre o su captor) impone condiciones al Valiente para conquistar o retener su amor, o para salvarla de un peligro mágico o real. Estas condiciones suelen dar lugar a largas aventuras.

El Valiente es un personaje que aparece siempre igual a sí mismo, sin grandes variantes. Siempre es joven, fuerte, valeroso, esforzado y dispuesto a soportarlo todo. Es casi el mismo personaje que pasa de un cuento al otro. En cambio, de la Bella se puede esperar cualquier cosa. Hay algunas francamente malvadas, como las que mandan a cortar la cabeza de sus pretendientes si fracasan en pasar ciertas pruebas. Otras permanecen a lo largo de la historia dormidas o sentadas en su trono (tal vez un poco aburridas) hasta que llega el momento de unirse al Valiente.

Pero también, en historias y leyendas de todos los pueblos y de todas las épocas, hay Bellas tan aventureras como los Valientes, que comparten los riesgos y las emociones. Este es el caso de la Bella Morotí que, arrepentida de su cruel exigencia, participa en la aventura para salvar a su Valiente Pitá.


Oliverio junta preguntas
-por Silvia Schujer-

Schujer, Silvia  - Oliverio junta preguntas
Editorial Sudamericana 1989

Oliverio coleccionaba preguntas como quién junta figuritas. Pero con tres diferencias:
1) que no podía comprarlas en los quioscos;
2) que nadie se las cambiaba; y
3) que el álbum no se llenaba jamás.

Sabía que no podía comprarlas en el quiosco porque cada vez que lo intentaba la quiosquera lo miraba con cara rara, le regalaba un caramelo y le decía: "Vaya, m´hijito, nomás".
Había comprobado que nadie se las cambiaría porque cada vez que mostraba una pregunta, le devolvían una respuesta.
Y el álbum no se llenaba jamás porque el lugar donde escribía las preguntas no era un álbum sino un cuaderno de tapas duras. Pero volvamos al principio.
Oliverio coleccionaba preguntas como quien junta figuritas. Preguntas de toda clase.
Grandes y chicas como: ¿Te gustaría saber por dónde queda el río por el cual el último barco fenicio pasó antes de que la civilización romana llegara a su fin? O bien: ¿Cómo te va?
Fáciles y difíciles como: ¿De qué color era el caballo blanco de San Martín? O bien: ¿Cuál es la raíz cuadrada de dos millones ochocientos cincuenta mil uno?
Interesantes o estúpidas como: ¿Por qué si la Luna es más chica la veo más grande que a cualquier estrella? O bien: ¿Seré el chico más bello del mundo?
Cuando empezó, las únicas que juntaba eran las preguntas que se le ocurrían a él.
Con el tiempo, los amigos se interesaron por ayudar a Oliverio y le regalaron un montón de las suyas.
Preguntas de toda clase.
De mujeres y de varones. Con respuestas o sin respuestas. Aburridas y simpáticas. Dulces y saladas. Con palabras raras y hasta con palabrotas.
Oliverio se cansó de escribir preguntas en su cuaderno. Hasta que un día se le empezaron a repetir.
Venía uno con una pregunta dificilísima y Oliverio decía: "Ah, esa ya la tengo"
Repetida. Repetida. Repetida.
Le venían todas las preguntas repetidas.
Hasta que conoció a María Laura y, de una sola vez, se le ocurrieron diez mil: ¿Quién es esa chica? ¿Cómo se llama? ¿Por qué es tan linda? ¿De qué color tiene los ojos? ¿Le hablo o no le hablo?
No tenía ninguna.
¿Por qué no puedo dejar de mirarla? ¿Cuántos años tiene? ¿A qué escuela va?¿La invito o no la invito a pasear?
Anotó en su cuaderno sin parar.
¿Por qué usa flequillo? ¿Sabrá patinar? ¿Dónde vive? ¿Le gustará ir al cine conmigo?
Escribió como cuatro horas seguidas.
Su colección creció de golpe. Llenó de preguntas hasta la última hoja del cuaderno.
Y ya iba a iniciar uno nuevo, cuando de repente… ¡Seguro que se le acabó la tinta!
Salió a la vereda y la encontró.
Lo primero que supo es que se llamaba María Laura y lo demás decidió averiguarlo de a poco.
Pero volvamos al principio.
Oliverio coleccionaba preguntas como quien juntaba figuritas.
Y desde entonces, sin proponérselo, un nuevo cuaderno se le fue llenando de respuestas.



DICEN QUE DICEN
-por Elsa Bornemann-

Del libro: “La edad del pavo”. De Elsa Bornemann
Editorial Alfaguara infantil/juvenil serie azul 12 años.

Quelo... ¡Ay, Quelo! ¡Qué muchachito insólito!
Sus catorce años no podían concentrar más esnobismo, no podían sumar más extravagancias...

En el pensar, en el vestir, en sus gustos, en sus actitudes...
La mayor parte de la gente de Alamares —el pueblo en que vivía— opinaba que se trataba de «un flaco estrafalario», mientras que su familia lo consideraba una criatura «singular»...

Era un espectáculo verlo en sus ires y venires rumbo a o de regreso de la escuela o trabajo como cadete en el laboratorio de investigaciones científicas de Alamares. Siempre bailoteando al compás de una música que solamente él oía. Los oídos enchufados a los auriculares de su inseparable aparatito pasacasetes, a ese walkman del que casi no se desprendía ni para bañarse.
Presumido de su apariencia, lo cierto era que tenía el aspecto de un muestrario de tienda, ya que los colores de todas las prendas los combinaba, sí, pero con el blanco del ojo. Además, parecía una cartelera publicitaria, un letrero andante de propagandas de todo tipo: jamás se ponía nada que no fuera de marca conocida y —menos que menos— si esa marca no estaba impresa en algún lugar bien visible de la vestimenta o del calzado.
Sus padres gozaban de una buena situación económica, de modo que Quelo trabajaba, únicamente, para comprarse más ropa. Y más casetes. Ah... y goma de mascar.
Engreído, creyéndose superior a todo el género humano, en escasas ocasiones prestaba atención a lo que le decían ni lo entendía con claridad. Y eso que quien intentaba comunicarse con él debía hacerlo a los gritos, por aquello de que, invariablemente, estaba conectado con su walkman. ¡En cuántas malas interpretaciones de las palabras de los otros incurría entonces Quelo!
Sin embargo, a pesar de sus rarezas, tenía la suerte de que los científicos del laboratorio que lo habían empleado lo trataran cordialmente.
Claro que —a decir verdad— ellos hablaban poco y nada, enfrascados sobre sus microscopios, abstraídos del entorno debido a sus investigaciones, por lo que la silenciosa presencia del cadete no los perturbaba, por más estrambótica que fuese. Acaso les servía de necesaria y momentánea diversión. Vaya uno a saber.

Quelo tampoco era dado a conversar y esa característica, allí, era apreciada.
Qué más podía pretender el muchacho entonces que realizar sus tareas de archivo teniendo la posibilidad de no desvincularse de su pasacasetes y en un lugar donde no lo interrumpieran. Su trabajo era tan sencillo y rutinario que no le exigía otra concentración que la requerida para mascar su chicle.

Una tarde, el Profesor Linares —uno de los científicos del laboratorio— abandonó repentinamente microscopio y silla y llamó a sus compañeros de labor.
En un instante, todo el equipo de investigaciones estaba a su lado. A pocos metros de allí, con el walkman conectado y realizando , robóticamente, sus tareas, Quelo.
Casualmente, el muchacho había levantado la vista de unas carpetas cuando advirtió que algo diferente, muy importante, estaba sucediendo.
Era la primera vez que veía al Profesor Linares expresándose de ese modo. Contentísimo. Muy entusiasmado. Casi eufórico. Como todos los que lo rodeaban y que lo escuchaban atentamente.
De pronto, Quelo tuvo la confirmación de que un hecho extraordinario había ocurrido porque el Profesor Linares y su grupo se empezaron a palmotear las espaldas, a darse las manos, a abrazarse, mientras que el Doctor Florini —el más joven de los investigadores— se subía a un banco y anunciaba algo como si lo hiciera a una multitud. Entre los dedos índice y pulgar de su mano derecha, exponía cierto objeto tan diminuto que resultaba invisible a los ojos de Quelo.
Y se reía.
Sin disminuir el volumen de la música que estaba oyendo, el muchacho «paró las orejas», intrigadísimo.
Mascó su chicle a más velocidad que de costumbre.
Lo que escuchó entonces le heló la sangre.
El Doctor Florini —como si de golpe se hubiera y transformado en el más perverso de los demonios— repetía:
—En la próxima semana, un terrible terremoto destruirá este pueblito como si fuera un poroto. Sé discreto. Guarda el secreto.
Después de ese episodio, la familia y la gente de Alamares empezó a toparse con un Quelo distinto.
Desde que había escuchado esa tremenda revelación y durante los tres días que le siguieron, iba y venía de aquí para allá como un sonámbulo, con la mirada echada para adentro. Continuaba en conexión con su walkman y atacando —a muela limpia— la goma de mascar, pero se notaba muy preocupado.
«Peligro... Peligro... Peligro...», se decía, sin saber qué hacer.
Ya habían transcurrido tres días; a «la semana próxima» sólo le restaban cuatro para presentarse y él —Quelo— prisionero de un secreto que sin dudas estaba relacionado con enemigos de Alamares. Con enemigos internacionales que festejaban por anticipado el terremoto que iba a producirse. Con enemigos que saboreaban la destrucción de todo y de todos por esos pagos. De lo contrario —pensaba Quelo— ¿por qué no alertaron todavía a las autoridades acerca de la inminencia de semejante fenómeno? Malditos invasores...
Las uñas de Quelo se redujeron a su mínima expresión en los días que siguieron y poniendo un pretexto cualquiera renunció a su empleo.
Nadie le pidió explicaciones. Si sólo trabajaba para acumular ropa, casetes y chicles...

Faltaban apenas dos días para que el tremebundo secreto que tanto le pesaba se hiciera realidad en Alamares, cuando el muchacho no lo aguantó más y les contó a sus padres lo que callaba.
En Alamares, las horas de la siesta eran tan calurosas que exponerse a ellas significaba correr el riesgo de derretirse. También, los cerebros de los alamarenses se recalentaban entonces.
De otro modo, no se explica cómo a pesar de considerarlo un muchacho «rarito», la mayoría dio crédito a sus palabras, que con la celeridad de un rayo se propagaron de norte a sur, de este a oeste del pueblo no bien la mamá de Quelo (a las tres de la tarde del mismo día en que su hijo se lo dijera) lanzó a correr el rumor de que cuarenta y ocho horas más y un terremoto asolaría la localidad... y que el laboratorio de investigaciones científicas estaba tomado por monstruos de otras galaxias... y que ellos hablan programado el desastre... y que apenas si contaban con el tiempo imprescindible como para empacar algunas pertenencias y largarse de allí, antes de que se produjera la catástrofe.

Este rumor se difundió con la contundencia de una gigantesca bola de nieve y congeló todos los razonamientos, a pesar de las altas temperaturas.
Entretanto, los investigadores del laboratorio —ajenos aún a los acontecimientos que se desarrollaban fuera de su predio— proseguían con la esforzada labor: habían logrado aislar, nada menos, que el microbio que causaba la peste rayada.
La peste rayada... causante de tantas muertes en Alamares... y en el mundo entero.
Aislar ese mortífero microbio era ya una sensacional hazaña científica.
¡Qué decir entonces de su invento para fotografiarlo y ampliar su imagen al tamaño de un poroto!
Gracias a ello, podrían estudiarlo a fondo y pronto lograrían crear la vacuna capaz de aniquilarlo.
Por eso, el Profesor Linares había estado tan, tan alegre la tarde del descubrimiento. Por eso había contagiado con su humor al equipo. Por eso, el Doctor Florini —consciente del incalculable valor del hallazgo de su maestro— se había entusiasmado al punto de animarse a jugar y actuar como locutor del momento en que tal noticia sería oficialmente comunicada.
Y como jugando había anunciado —subido en un banco— aquellas palabras que se transformaron en otras en los nada fiables oídos de Quelo.
El Doctor Florini había dicho:

—En la próxima semana estará lista la foto de este mini microbito y ampliada como un poroto. Sean discretos. Guarden el secreto.

Esas habían sido sus palabras. Textuales.
La errada interpretación de Quelo corría por su cuenta.
Lástima que —también— por la de cientos y cientos de alamarenses.
Aterrorizados, cama y huesos de espanto, los habitantes del pueblo entero se habían dejado arrastrar —sin dudas— por la cola de un rumor. Un rumor cuyo origen estaba en el «flaco estrafalario» de la comunidad.
¡Quelo...!
Y buah.
Horas antes de que se cumpliese la hora señalada para el falsamente pronosticado terremoto, ya no quedaba casi nadie en Alamares.
Los alamarenses habían partido en disparatado éxodo, formando una multitudinaria caravana empeñada en llegar al pueblo vecino en busca de auxilio.
Quelo y su familia, al frente del perturbado gentío. ¡Ya iban a ver esos monstruos la que les esperaba!
Aún quedaba una hora y media para contraatacarlos en su guarida del laboratorio. Una cuadrilla especial de las fuerzas de seguridad ya había sido puesta al corriente de todo y se dirigía hacia allí, provista del armamento más sofisticado.
Una hora y media.
La misma durante la cual el equipo del laboratorio de investigaciones científicas —con el Profesor Linares a la cabeza— decidió abrir un breve paréntesis en su trabajo y encender la radio, tras una semana de ininterrumpida dedicación a las investigaciones acerca del microbio de la peste rayada.
La radio —a través de todas las emisoras— difundía el mismo disco. Rayado, como la peste, informaba lo siguiente:

«Estado de emergencia. La Gobernación de Alamares alerta a los vecinos que todavía permanezcan en nuestro pueblo. Se les reitera que deben abandonarlo cuanto antes. Invasores extragalácticos van a provocar un terremoto aquí mismo, con fines que no estamos en condiciones de evaluar. Escapen. Sálvese quien pueda. Los saluda y los ama, su gobernador.»

Dicen que dicen que los investigadores huyeron despavoridos del laboratorio, tras escuchar la estremecedora noticia.
Y despavoridos corrieron a través de las desiertas calles de Alamares, hasta alcanzar el último grupo de la caravana que abandonaba el pueblo.


LA EDAD DEL PAVO
-por Elsa Bornemann-

Del libro: “La edad del pavo”. De Elsa Bornemann
Editorial Alfaguara infantil/juvenil serie azul 12 años.
Como tantísimos príncipes y princesas de los cuentos, la princesa de éste también estaba mortalmente triste, había perdido su risa y languidecía, hora tras hora, sin que nadie en el palacio supiera qué hacer para remediar ese mal.
—Mi Nunila se está consumiendo... —gemía la reina.
—Mi adorada hijita desfallece... —gemía el rey.
—La princesa está triste... ¿qué tendrá la princesa? —susurraban los servidores.
—Los suspiros se escapan de su boca de fresa... —entonaban los cantautores palaciegos.

«Para mí que la niña está harta de que sus padres sean tan... tan... ejem... extravagantes... algo bobalicones, vamos...», así pensaba Abacuca, la sabia de la corte. «La princesita se da cuenta; ella sí que no tiene un pelo de tonta como... bueno... ejem... que —a Dios gracias— no heredó esa... esa tara... Vaya, no encuentro manera elegante para referirme a la personalidad de sus majestades, que por más que lo sean también son seres de carne y huesos y sus defectos tienen... Además, Nunila está hartísima de que sus padres le contesten a todo que “sí, mi amor”, sin prestarle atención a lo que dice... Hartísima del “SINUNILISMO”, eso es.»

Pero cuando por fin juntó el coraje necesario para presentarse ante la pareja real y exponerle su teoría (muy, muy suavizada para no provocar su ira) perdió su trabajo en la corte y se le impuso sufrir el exilio en un reino vecino.

—¿Críticas a nosotros? ¿Cómo te atreves? ¡Insensata! —le dijeron a dúo.
—¿Qué otra palabra sino «sí» deben escuchar los nobles oídos de una princesa, a partir de su nacimiento? —le protestó la reina.
—¿Qué estúpido pensamiento ese del «sinunilismo» has horneado en tu cabeza de zanahoria, como para que oses decir que mi tesoro está triste porque todo lo que ella opina merece nuestra aprobación o a todo lo que solicita le contestamos «Sí-¬Nu-ni-la»? —rugió el rey.

Desesperada, la pareja real decidió entonces consultar a la hechicera del bosque, que así denominaban a ese montecito cercano a palacio bastante ralo (con cuatro o cinco arbustos locos, a decir verdad) pero sin el cual esta historia no hubiese estado completa.
— Mil dólares la consulta —les informó la hechicera, no bien reina y rey llegaron a su casa rodante con la que se desplazaba de aquí para allá.
—¡Mil dolores! ¡Mil dolores! —aulló el rey, que tenía casi todos sus caudales en seguro depósito fuera del reino y los codos permanentemente enyesados.
La hechicera no se alteró ante esa demostración de mal humor.
— Lo lamento, pero ni barato y menos que menos gratis logro acceder a ninguna videncia. Acaso deberían mandar por correo algunos cupones de esos que aparecen en las revistas y consultar a otra gente que se ofrece por chauchas. Así serán los resultados, pero...

—Está bien —la reina se rindió—. Díganos qué hacer para que nuestra hija recupere su alegría y vuelva a sonreír. Le pagaremos lo que pide.

—En cheque real, a mi nombre y con talón —aclaró la hechicera— que será entregado, en el mismo momento en que yo les revele el único remedio posible.

Una vez que le fueron aceptadas sus condiciones, la hechicera pasó a otro ambiente de su casa rodante y les pidió que aguardaran unos minutos.
Cuando volvió, poco quedaba de esa muchacha bonita y vestida a la moda, que había recibido a la pareja real momentos antes.
Una anciana horripilante se les apareció, arrastrando una mesita en la que se destacaba una enorme bola de telgopor blanco.
Los reyes se estremecieron.
— Eh, eh, no se asusten. Soy la misma chica, con mi uniforme de trabajo. Me maquillé y me disfracé como corresponde, eso es todo.
Al rato, se le escuchó pronunciar estas palabras:
— En vista de que en el destino de la niña hay dos... dos, digamos, cosas «inmodificables» y de las que me está vedado hablar —y la hechicera los miró alternada y fijamente pero ninguno de ellos se dio por aludido—. Su hija Nunila... sólo puede curarse... si le hacen cosquillas en las plantas de los pies... con una pluma de algún pavo... que tenga exactamente su misma edad... al día de hoy... Además, Nunila deberá ver a otros dos pavos, volando. Sí, eso es, dos pavos voladores y la cura será total.
— Nunila tiene siete años... siete meses... y siete días... —exclamó el rey, enojado después de hacer cuentas con los dedos—. ¡La carne de pavo es muy apreciada, es un manjar!
— ¡Jamás conseguiremos un pavo que haya alcanzado esa edad! —chilló la reina.
— ¡Y mucho menos otros que vuelen! ¡Los pavos no vuelan! —protestaron ambos, al darse cuenta de lo absurdo del «remedio» indicado.
— Ése es problema de ustedes —sentenció la hechicera—. Pero mis videncias son infalibles. Bueno —agregó, empezando a quitarse el disfraz—, vayan preparando el cheque o los convierto en pavos reales a ustedes dos...
—¡Qué excelente idea! —gritó el rey, que con tal de no pagar, algo era capaz de aceptar lo increíble—. ¡Conviértanos en pavos de la misma edad de nuestra bija! ¡Y voladores! ¡La salvaremos con nuestro sacrificio!
—¡Con uno solo alcanza, no hace falta que me transforme a mí también! —se quejó la reina, espantada ante la posibilidad de verse como una pava.
— Yo soy hechicera vidente, no hago milagros —dijo entonces la hechicera—. Y seria un milagro la transfiguración de cualquiera de ustedes, con lo cincuentones que son, en una criatura de siete años, animal o humana... Venga ese cheque de una vez y basta de pavadas.
Al rey no le quedó otra alternativa que firmar y entregar su cheque.
Al rato, él y su esposa estaban de regreso en el palacio con las noticias.

Como bien dicen que la esperanza es lo último que se pierde, los monarcas resolvieron seguir las indicaciones de la hechicera, ilusionados como estaban con que ya aparecería un pavo de la misma edad de su amada hija y otros dos capaces de volar.
Entretanto, Nunila continuaba de risa perdida. Pronto —y a través de todos los medios de difusión del reino— fue anunciado lo siguiente:
Será recompensado con su peso en lingotes de oro aquel que lleve al Palacio Real un pavo de siete años, siete meses y siete días y otros dos que puedan volar, aclarándose que el pesaje corresponderá al de las aves y no al de quien las presente.
Sus Altezas reales agradecen la colaboración de su pueblo para recuperar de este modo la sonrisa de su amada hijita Nunila, por más insólito que el pedido parezca.

(La reina había hecho fundir sus innumerables joyas de oro para que su marido consintiera final¬mente en redactar la proclama. Si así no hubiera sido, acaso esta historia hubiese concluido aquí... porque todavía estaríamos esperando que el rey volviera a gastar, rabioso como seguía por el pago que había tenido que hacerle a la hechicera.)
Al día siguiente de anunciarse la proclama real, una cola de varias cuadras. Comenzaba —por su¬puesto— a las puertas del palacio.
Casi no quedaba vecino de aquella comunidad que no se hubiera hecho presente, tentado por la recompensa y portando un pavo.
—Nos tiramos un lance, total ¿qué podemos perder? —comentaban—. Nuestros reyes son tan... tan extravagantes... —y al decir «extravagantes» se miraban con risitas cómplices; nadie ignoraba las pocas luces mentales que destellaban en los cerebros de sus soberanos.
Así se vieron desfilar ante la pareja real infinidad de estas aves, que fueron rigurosamente inspeccionadas por una Comisión de Expertos en Pavos, Gansos y Burros, creada especialmente para la ocasión.
Claro que la inmensa mayoría eran muy jovencitos, de esos que —pobrecitos ellos— se crían y se engordan para ser comidos... y ninguno podía volar —obvio—, aunque sus dueños lo lanzaban al espacio jurando y rejurando que hasta un ratito antes sí, que eran tímidos, que estaban nerviosos por la prueba, que les dieran otra oportunidad...
El rey se puso furibundo y los echó a todos a los gritos de:
—¡Me tratan como a un zonzo, insolentes! ¡Fuera de aquí! ¡Grrr! ¡Ninguna de estas aves tiene siete años, siete meses y siete días como mi adorada Nunila al día de la predicción! ¡Y ninguna puede volar! ¡Farsantes!
La princesita —apoltronada sobre un gigantesco almohadón ubicado cerca de los tronos reales de sus padres— observaba todo lo que sucedía con una expresión de aburrimiento inmortal.
Los expulsados, del palacio (personas y pavos) eran tantos, tantos, tantos, que el tumulto y el baru¬llo que se produjeron en el recinto alteró todos los ánimos.
Menos el de Nunila —por cierto— que continuaba contemplando la escena con la misma indiferencia que de costumbre.
Entre empujones, griterío, plumas que volaban al azar, resbalones, protestas, toses y más plumas flotantes, el enorme salón fue poco a poco siendo desalojado.
Ya la reina zamarreaba a Nunila para avisarle que la siguiera a las habitaciones interiores —y el rey ordenaba que se limpiara, de inmediato, el gran salón— cuando la princesita dio un respingo y señaló —con su dedo índice— un amplio ventanal que se abría al parque del palacio.
Las miradas de padres y servidumbre siguieron —como en estado de hipnosis—la dirección que indicaba la niña. Entonces todos azorados vieron aterrizar un helicóptero. Y más azorados se sintieron poco después, cuando de la aeronave vieron descender a Abacuca, la sabia de la corte. Agitaba una bandera blanca a la par que se iba aproximando al palacio. Majestuosa.
—¡Qué hace esa rufiana aquí, si yo la mandé al exilio porque no supo decirme cómo curar a mi hija! ¿Y cómo se atreve a presentarse sin mi permiso? ¡Y en helicóptero! ¡Esto es una invasión! ¡Deténgala de inmediato!
El rey aullaba y pataleaba enojadísimo junto al ventanal, cuando Abacuca se detuvo frente a él —del otro lado de los cristales— y lo miró a los ojos, tras una breve reverencia de cortesía. Digna como siempre. Sin ninguna muestra de temor ante las iras del rey. Seguía agitando su bandera blanca e hizo señas de que necesitaba entrar al salón, sin darse por enterada de la guardia real que la rodeaba y que sí la iba a hacer acceder al recinto, pero en calidad de detenida.

—Calma, muchachos —les susurraba—. No hace falta que me sujeten. Traigo la solución para la dolencia de la princesita Nunila. Calma, calma... El rey padece una de sus habituales pataletas, eso es todo...
Un momento después, la corte en pleno escuchaba las palabras de Abacuca. En respetuoso silencio, menos el monarca —claro— que no lograba contener su rabia y seguía refunfuñando.
—Su majestad... —y la voz de la sabia profundizó aún más el silencio—. He venido a comunicarte que descubrí cómo combatir el mal que aqueja a la princesita. Largas noches sin dormir estuve, desde que me enviaste al exilio... Largas noches en las que no hice otra cosa que pensar y pensar en la recuperación de la risa de tu bienamada hija. Sin embargo, te confieso que no arribaba a ninguna solución.
El rey se encrespó:
—¿Y entonces, para qué demonios volviste? ¡Al calabozo irás a parar esta vez!
Abacuca no se dejó intimidar y prosiguió su monólogo.
—Regresé porque ahora sí que sé cómo curar a Nunila. En las palabras mismas de la hechicera están las claves. Manda traer el pergamino donde las copiaste y que tu paje las lea en voz alta, así te explico con claridad lo que descubrí.
Nunila pareció animarse un poco más al escuchar a la sabia.
Mientras el soberano enviaba a buscar el pergamino, Abacuca prosiguió:
—Las palabras de la hechicera son un enigma a resolver. Verás que...
La sabia fue interrumpida por el rey que —ya provisto del pergamino— indicó al paje que lo leyera.
—Que lo haga lentamente, que se detenga cada vez que yo palmee y que reanude cuando yo silbe —sugirió Abacuca.
El paje inició su lectura:

«En vista de que en el destino de la niña hay dos... dos... digamos... “cosas” inmodificables y de las que me está vedado hablar...»
La sabia palmeó e intentó explicar el sentido de ese fragmento con suma delicadeza.
—Bien. Con todo respeto —mi rey— debo revelarte que esas «cosas» misteriosas a las que se refiere la hechicera... son tú y tu esposa...
La pareja real se puso verde y el monarca ya estaba a punto de estallar en una nueva pataleta, cuando oyeron sorprendidos la risita de Nunila.
Abacuca aprovechó el momento de emoción de los reyes para tratar de salvar la situación, para evitar que se sintieran ofendidos.

—La hechicera dice «cosas» debido a su total respeto por la investidura real... Existen vocablos tan excelsos —como rey o reina— que no pueden ser pronunciados por labios tan vulgares... como los de una hechicera... cuando ella sabe que serán registrados en un pergamino... Por eso agrega que «le está vedado hablar», lo tiene auto prohibido. ¿Me explico?
—Sí. ¿Pero, y lo de «inmodificables»?
—Seguramente se refiere a que no ve necesaria ninguna cirugía estética...
—Bien. Continúa entonces.
Abacuca respiró aliviada y silbó, y el paje retomó la lectura:
«Su hija Nunila sólo puede curarse... si le hacen cosquillas en las plantas de los pies... con una pluma de algún pavo que tenga —exactamente— su misma edad al día de hoy...»
La sabia palmeó pero no pudo continuar —de inmediato— con su exposición: las risas de Nunila se desgranaban cantarinas. ¡Así que para buscar esa pluma se había organizado aquel disparatado desfile de horas antes!
Ella ignoraba todo, pero empezaba a comprender y no podía resistir la gracia que le causaba comprobar hasta qué punto llegaba la bobaliconería de sus padres. ¡Cosquillas en los pies! ¡Qué ridículo!
La pareja real volvió a enternecerse con lo que iban considerando un milagro: ¡Nunila riéndose! Y aunque no entendían por qué, se sentían satisfechos.
Abacuca volvió a la carga:
—¿Recuerdas —mi rey— la lujosa capa que mandaste a confeccionar para el día en que tu hija cumplía un año y que estrenaste durante la fiesta que se celebró esa misma noche?
—Más que la recuerdo. La conservo como un valioso tesoro. Está recamada en perlas y bordada con plumas de pavo real...
—Envía por ella ahora mismo —indicó la sabia—. Las plumas pertenecen a un pavo que —casualmente— nació el mismo día que Nunila, en la casa del sastre que te la confeccionó.
—¿Dónde está ese pavo? ¡Tráiganlo con urgencia que así se cumple una de las sugerencias de la hechicera! —gritó el rey— aunque ella no dijo nada de pavos reales... y mi capa ostenta plumas de pavo real...
Abacuca tragó saliva y le confesó que no, que eran verdosas con tonalidades metálicas, bellas plumas, sí, pero de un pavo común y silvestre porque no había sido posible conseguir el real, y que tanto ese pavo como el sastre al que pertenecía y que lo había criado —como el recuerdo más importante de su trabajo— estaban esperando en el helicóptero.
Nunila, radiante. A medida que se iba enterando de tantos disparates, sus mejillas comenzaban a tomar el colorcito de la alegría.
—¡Papá! ¡Mamá! —exclamó entonces—. ¿No les parece que ésta es la tarde más divertida de nuestras vidas?
—¡No! ¡De ninguna manera! —le respondió el padre.
—¡No! ¡No y réquete no! —le contestó la madre.
«¡Oh, qué suerte! ¡Por primera vez me contradicen!», pensó la nena.
La pareja real se tragaba la rabia por el rumbo que iban tomando los acontecimientos pero lo disimulaba: todo fuera por la alegría de Nunila, hasta quién sabe qué otra humillación...
Abacuca hizo llamar al sastre, que enseguida entró al gran salón empujando un canastón sobre ruedas. En él, el pavo de siete años, siete meses y... Era un ejemplar simpatiquísimo por lo gordo y grandote. Créase o no, pesaba unos quince kilos y medía algo más de un metro de largo. Se lo presentaron a la pareja real...
El sastre reiteró varias veces el peso del animal, imaginando la bolsa de oro que recibiría por prometida recompensa...
Enseguida fue examinado por la Comisión de Expertos en Pavos, Gansos y Burros que comparó sus plumas con las de la capa y dictaminó que era cierto: ese ave era una suerte de mellizo alado de Nunila.
—¡Qué cómico que es! ¿Puedo quedármelo? —preguntó la princesita.
—No, de ninguna manera —dijo el rey, muy nervioso porque pensaba en los quince kilos de oro que irían a parar a manos del sastre.
—No, no y réquete no —agregó la reina—. Una mascota debe criarse desde chiquita.
A una señal de Abacuca, el sastre abrió nuevamente la canasta y extrajo —entonces— un pavito de apenas un mes.
—Éste es uno de los tataranietos, princesita. Un regalo de mi parte. Es tuyo.
Nunila estaba encantada. Abandonó —rápidamente— el amohadón y se dirigió junto al pavito bebé. Pronto lo tomó en brazos sin dificultades.
—Te vas a llamar Kabul —le murmuró. Y era como si el animalito la conociera desde siempre, porque —apenas la nena lo estrechó contra su pecho— le apoyó mansito su cabeza colorada y la miró fijamente.
Enseguida, los reyes y todo el personal del palacio los rodeó, muy sorprendidos.
Fue entonces cuando Nunila comenzó a hablarle y el bichito a contestarle, con un canto extraño, desigual en modulaciones, disonante para los oídos de todos menos para los de la princesita, que parecía escucharlo embelesada.
La increíble comunicación se extendió durante unos diez minutos, tiempo de maravillas que no fue interrumpido por ninguno de los presentes, tan asombrados estaban al ser espectadores de esa escena.
Al rato, entregada que le fue una de las plumas del pavo de quince kilos, Nunila misma se hizo cosquillas en las plantas de los pies.
Sus carcajadas eran fruto de lo absurda que le parecía esa indicación como remedio para su tristeza pero —absurda o no— lo cierto es que lograba su propósito. ¿Cómo era posible que sus padres hubieran confiado en tamaña tontería?
Pasados esos instantes de jolgorio generalizado, Abacuca volvió a silbar y el paje a leer el tramo final del pergamino:
«Además, Nunila deberá ver a otros dos pavos volando. Sí, eso es, dos pavos voladores y la cura será total.»
—¡Ahora sí que estamos fritos! —se quejó el rey—. ¡Los pavos no vuelan! ¡Hoy lo comprobamos!
—Inútiles nuestras ilusiones de que trajeran siquiera uno que pudiera surcar el aire... —acotó la reina, frunciendo los labios al hablar, como lo hacia cada vez que exageraba la expresión de sus sentimientos—. ¡Los pavos no vuelan!
La sabia se aproximó a los tronos reales hasta casi rozarlos con su aliento.
—Sus Altezas... —les susurró entonces—. llegados a este fragmento final del enigma... desearía informarles su significado únicamente a ustedes dos... Se trata de un asunto privadísimo...

Abacuca no tenía la menor intención de avergonzarlos públicamente. Para ella también se trataba de un asunto privadísimo...

Pero Nunila —curiosa como criatura inteligente que era— volvió junto a sus padres, dispuesta a no perderse ni media palabra de lo que allí se estaba cuchicheando. En sus brazos, Kabul.
El rey ordenó a todos los presentes que se alejaran y que se pusieran de caras hacia las paredes, como si estuvieran en penitencia.
—¡Ah, y tápense los oídos con las manos! —añadió—. ¡Abacuca va a confiarme un secreto!
Así fue como la sabia les descubrió —primero— el doble sentido de la palabra «pavo»:
—Si bien significa «ave gallinácea», del tipo de las que aquí vemos —les dijo—, también quiere decir «persona incauta»... un poco tonta... No sé si me explico...
Nunila contenía la risa, cuando opinó:
—Pero, Abacuca, aunque los otros dos pavos que indicó la hechicera deban ser personas, dos bobísimas personas... ¡ igual no podrán volar!
La sabia le acarició levemente una mejilla:
—No por sí mismas —claro— porque los seres humanos no estamos conformados para el vuelo... ¡pero sí en helicóptero! —y señaló el aparato estacionado en el parque.
Sería cosa de nunca acabar referir —ahora— todo el grotesco episodio que tuvo lugar después de que los soberanos se dieron cuenta —ofendidísimos— de que ellos dos eran los aludidos en el enigma de la hechicera como «pavos voladores».
¡Menos mal que Nunila jugueteaba con Kabul y fingía no darse por enterada de tamaña revelación y que todos los asistentes continuaban contra las paredes del salón, tapándose las orejas!
—¡De lo contrario, al exilio nuevamente, maldita Abacuca! —vociferó el rey.
—¡Condenada sabelotodo! —chillaba la reina—. ¡Merecerías eterno calabozo!
—Por favor, admitan que en muchas ocasiones han obrado con negligencia —les rogaba Abacuca—. Procedan con humildad siquiera por esta vez y de ese modo voy a convencerme de que no son tan... tan... extravagantes... como muchos creen... Por favor, queridas altezas...
—Buah. Todo sea por la alegría de nuestra hija... —dijeron —al fin— resignados— y se prepararon para dar una vuelta en helicóptero.
Antes —como correspondía— recompensaron al sastre con los quince kilos de oro que se había ganado al traer su viejo pavo hasta el palacio.
Entretanto, Nunila seguía jugando con Kabul, más contenta que nunca: ¡Sus padres le habían dado permiso para que los danzarines y cantautores del palacio bailaran y cantaran para ella, durante el tiempo que durara el vuelo! ¡Con lo que le gustaba la música!
En el mismo instante en que el helicóptero despegó del parque real —transportando a los dos soberanos para su vuelo «extraordinario»— los cantautores comenzaron a tararear unas estrofas compuestas especialmente para Nunila.
Mudos testigos como habían sido de todo lo sucedido en el palacio, bien comprendían ellos la recu¬perada alegría de la niña...
Y —entonces — mientras los bailarines danzaban al compás de la melodía y los dos «pavos voladores» cumplían con el último requisito de la hechicera y los ojitos de Nunila brillaban como soles... en la amplia sala de la corte empezaron a resonar los versos de la canción que se titulaba:

La edad del pavo

Hay un pavo en cada raza,
de cualquier edad y clase,
que perturba el universo
con las pavadas que hace...

Pavos de todos los credos,
de cualquier ideología,
asombrando al mundo entero
con cada pavotería.

Vuelan mariposas,
vuelan bajo el cielito asoleado...
(mas si los pavos volaran...
¡siempre estaría nublado!)

Brilla el sol y para todos
de luz el cielo un derroche
(mas silos pavos volaran...
¡siempre sería de noche!)

No vuela la flor ni el árbol...
tampoco la gatería...
(pero si el pavo volara...
¡acaso usted volaría!)

Vuelan moscas y gorriones
y el ovni que alguno vio...
(pero si el pavo volara...
¡también.., volaría yo...!)

Las risas de Nunila fueron campanillas repiqueteando en el anochecer.
Amparado en la calidez de su abrazo, Kabul dormía plácidamente, mientras su sueño se poblaba de miles, de millones de avecitas como él, volando... volando... volando…

JUANSADAS
-por Elsa Bornemann-
Del libro: “La edad del pavo”. De Elsa Bornemann
Editorial Alfaguara infantil/juvenil serie azul 12 años.

Había una vez un perro que tenía un hombre que se llamaba Juan.

Digo que el perro tenía al hombre y no el hombre al perro porque —ciertamente— era así. El dueño del hombre era el mismísimo perro, un bello afgano color champán, al que habían bautizado «Sacha von Mirosnikov» —según constaba en los documentos suscriptos el día en que Juan lo había comprado— y que familiarmente respondía al nombre de Pucho. 


Si bien se afirma que los afganos no suelen ser animales demasiado dotados —salvo en su aspecto físico— este Pucho era la excepción a la regla. Ya de cachorro había empezado a demostrar sus naturales condiciones de líder (líder únicamente de Juan, claro, pero líder al fin).
El caso es que apenas cumplido su primer año Pucho se había convertido en el verdadero patrón de Juan. No podía comparárselo con el autoritario patrón humano que el muchacho debía soportar en la empresa en la que trabajaba ya que al menos el treinta de cada mes éste retribuía su paciencia con un sueldo bastante generoso, mientras que del Pucho sólo obtenía cansados lengüetazos a cambio de tanta devoción como le rendía. Pruebas de su devoción (entre muchísimas otras que me resultaría fatigoso describir):

— Juan planificaba todas sus actividades y las cumplía o no de acuerdo con el estado de ánimo de su perro. Por ejemplo, era capaz de faltar al trabajo o de cancelar una cita importante si antes de salir de su casa creía detectar un lastimero «¡No me abandones!» en la mirada del Pucho. En esas ocasiones, le redoblaba las raciones de comida y bailaba, saltaba, brincaba, andaba por los aires y se movía con mucho donaire alrededor de su animal, hasta que le parecía que el desganado le regalaba su mejor sonrisa.

— Juan sólo volvía a recibir en su casa a las contadísimas personas que lograran conquistarse la simpatía de su perro a primer ladrido, quiero decir, a primera vista (vista del de cuatro patas, por supuesto...). Y como el Pucho era terriblemente celoso, apenas si toleraba la visita de dos o tres amigos de Juan... de dos o uno... bueno... de uno, en realidad, de ese único que aguantaba estoicamente sus gruñidos y las dentelladas dirigidas a sus tobillos cuando llegaba la hora de retirarse. «Hablale; explicale que pronto regresarás de visita... Decile que te espere... El pobre sufre porque te vas, quiere retenerte; por eso los mordisquitos... Decile dulcemente: “Esperame, Pucho... Esperame”, le repetía Juan a su único amigo, cada vez que éste se iba, esquivando —a los saltos— las filosas dentelladas del perro e invariablemente con algunas rasgaduras en las botamangas de sus pantalones.

— Juan se había transformado en un perfecto solterón, rotos sus compromisos de matrimonio con sucesivas señoritas que no le habían caído en gracia al exigente animal. «Si él las rechazó, por algo será...», pensaba Juan, «Su percepción de la naturaleza hu¬mana es superior a la mía... ¡Quién sabe de qué brujas me ha librado mi fiel Puchito...!» 





—Juan gastaba el dinero que no tenía —contrayendo pavorosas deudas— para pagar un psicoanalista.
No; no para tratarse él —como seguramente estarán imaginando— sino para que el médico lo orientara con el propósito de evitarle al Pucho toda causa de stress, de frustraciones, de complejos...

Concluyo con esta enumeración de pruebas de devoción porque considero que es lo suficientemente elocuente como para que necesite aclararles por qué al principio de este relato aseguré que «había una vez un perro que tenía un hombre...».

Sin embargo, y por las dudas, agrego que Juan se pone taaan sentimental y dice tantas «juansadas» cuando elogia las cualidades de su animal, que me temo que éste le ordene colocarse un bozal en cualquier momento...

¡Ah...! y si acabo de aterrizar en el tiempo presente, desde el pasado en el que situé mi narración, se debe a que la singular relación entre Juan y su perro aún persiste.
¿Qué cómo lo sé? Pues porque yo soy el único testigo de la misma... ese único amigo de Juan...

Y ahora los dejo. Debo volar hacia la calle con él. Por nada del mundo quiere que me pierda la quinta vuelta del hombre que hago a diario, llevado de su correa... (no me refiero a Juan —obviamente— sino a Bizcocho, mi propio perro...).

Segundo «¡Ah...!»: y no se trata de que la relación con mi maravilloso can sea parecida a la de mi amigo y su insufrible mascota —nada de eso...
Sucede que Bizcocho está empeñado en demostrarme que no es menos que un afgano, a pesar de su tamaño insignificante y su dudoso pedigree, y yo no soy quién para contradecirlo: lo comprendo perfectamente. A veces, se me ocurre que sólo me falta ladrar.

El besuqueador
-por Elsa Bornemann-

Del libro: “La edad del pavo”. De Elsa Bornemann
Editorial Alfaguara infantil/juvenil serie azul 12 años.


Le decían «El Besuqueador» o «El Besuquero». ¡Y bien merecido por cierto!

Aquel muchacho tenía una costumbre rarísima.
¿Saben cuál? Pues besar a personajes famosos. Se lo pasaba viajando de un lado a otro, en compañía de su fotógrafa particular. Iba llevado —tan sólo— por su deseo de estampar sonoros besos en las mejillas de presidentes, actores, deportistas escritores, músicos, bailarines...

A cuanto personaje muy conocido lograba acercar¬se... ¡CHUIC!... le daba un beso. Su fotógrafa particular apresaba aquel momento en su maquinita: ¡CLIC!

¡Qué feliz se sentía entonces «El Besuquero»! Tanto como cuando —ya de regreso en su casa— contemplaba su colección de fotografías que tapizaban to¬das las paredes de la vivienda. Ah... En cada una de ellas podía vérselo besando a algún famoso...

La mayoría de las veces el muchacho no salía muy favorecido que digamos; tales eran las contorsiones que debía hacer para dar sus «besos a la fuerza»... tantos eran los codazos que propinaba para abrirse paso entre el gentío y los guardaespaldas que suelen rodear a los grandes personajes... En síntesis: salía mal en las fotos... por lo general aparecía como un chiflado... pero ese detalle no empequeñecía su felicidad.

—¿Se da cuenta de la cantidad de gente importante que llevo besada? —le dijo un día a su fotógrafa panicular—. ¡Soy tan importante como ellos!
Y se puso a cantar:

De mi boquita
nadie se escapa.
Besé a una reina,
también al Papa...

—¡Bah, bah!, ¡más le convendría hacerse gárgaras de talco, en vez de decir tamañas pavadas! —exclamó –de repente– la fotógrafa, mientras revelaba la última instantánea que le había tomado al Besuqueador, besuqueando al más publicitado futbolista de Mongonesia.

El muchacho se quedó mudo al escucharla. Aquella joven lo habla acompañado desde el comienzo de sus viajes a través del mundo... Jamás le había hecho ningún comentario... ¿Qué le pasaría?

—¡Qué le pasa? —le preguntó entonces.
—Pasa que estoy harta, harrrta de trabajar para usted, un hombre tan pavo...
—¿Pavo yo?
—¡Pavísimo! ¡Con esa manía de besar porque sí... y jamás un besito para alguien que lo quiera! Además... ¿a usted quién lo besa? ¡Nadie, nunca, le dio un simple besito de amor! ¡Renuncio a mi empleo! ¡No lo soporto más! Adiós.

La joven se fue llorando. ¿Por qué lloraría?

Durante varios meses, el Besuqueador no salió a besuquear, tal era su confusión debido a las pala¬bras de la fotógrafa.
Encerrado en su casa, pensaba en ellas una y otra vez.
¡Ah...! pero también pensaba en ella una y otra vez...
Hasta que un día, sintió que volvía a tener unas enormes ganas de dar un beso... ¿A quién?
Pues a aquella muchacha anónima.
Entonces, la llamó por teléfono, le mandó un telegrama y le escribió una carta para decírselo...

Y el besito que los unió más tarde fue de amor, de verdadero amor...
Por supuesto, se pusieron de novios y se casaron.
Poco tiempo después, con todas sus ridículas fotos del pasado, el ex-besuqueador publicó un álbum titulado:
«CUANDO YO ERA PAVO»...

Oliverio junta preguntas
-
por Silvia Schujer -
Schujer, Silvia  - Oliverio junta preguntas
Editorial Sudamericana 1989

Eran las dos de la tarde de un viernes cualquiera.
Hasta las veredas parecían dormir la siesta bajo el sol tibio de un día de invierno.
Cinco chicos conversaban en la esquina. Justo en frente de la casa donde vivía Guillermina, mas conocida en el barrio como “la vieja de los gatos”.
-La idea no me gusta-dijo Oliverio.
-¿O es que no te animas? –le pregunto Julián.
-Sacarle un gato de adentro seria como robar y…
-Lo que pasa es que tenes miedo –lo interrumpió Gustavo-. ¡Chicos! ¡Oliverio tiene miedo! -se rió-. ¡Le tiene miedo a la bruja!
Se hizo un silencio. No muy largo pero si muy hondo.
-Bueno –termino Julián-. Dejémoslo a este “juntando preguntitas” y hagamos el sorteo entre nosotros. ¿De acuerdo? A ver a quien le toca.
-¡Un momento! –sonó de pronto. Oliverio se metió las manos en los bolsillos y dijo: -Al gato lo traigo yo.
-¡Bravo! –le gritaron a coro. Julián le deseo muy buena suerte con el pulgar en alto y empezó a alejarse con los otros chicos.
-Te esperamos más allá –le dijeron.
Y Oliverio quedo solo en esa esquina. Parado en la vereda sin saber que hacer, como hacer, preguntándose por que.
Pensó un momento. Se arrepintió un segundo.
“Oliverio-tiene miedo” se acordó.
Se rasco la nuca. Respiro hondo y puso manos a la obra.
Miro para atrás y para los costados.
Girando sobre si mismo repaso una por una las casas de toda la cuadra. Se fijo que nadie anduviera por allí. Que nadie pudiera descubrirlo. Y cuando estuvo seguro, dio los primeros pasos.
Cruzo la calle. Lo hizo despacio y sus pisadas de zapatilla fueron solo un murmullo en la tarde silenciosa.
La frase de Gustavo le atravesó los oídos: “Oliverio tiene miedo”.
“Le tiene miedo a la bruja”.
Maldito sea”, pensó.
Se paro frente a la casa de la vieja. Unos gatos grises y flacos deambulaban por el pasto crecido del jardín delantero. La persiana estaba cerrada y justo ahí, bajo esa ventana, diviso lo que estaba buscando.
Contó cinco gatitos color te con leche mas uno marrón. Tan chiquitos que cabían en una sola mano. Tan acurrucados en la caja que parecían formar un solo cuerpo. Recién nacido, suave y compacto.
-Son esos –se dijo Oliverio.
Tosió unas cuantas veces por si acaso lo escuchaban. Tiro un piedrazo al pasto para comprobar que no lo estuviera vigilando.
Por un momento se imagino a la vieja persiguiéndolo con la escoba ante la mirada de todos. Quiso irse pero recordó a Gustavo. Creyó verlo con la risa y los ojazos de una enorme lechuza maléfica.
Junto fuerza y se trepo por el portón.
Controlo cuidadosamente cada uno de sus movimientos.
Al fin bajo del otro lado sin problemas.
Se adelanto un poco. Sigilosamente.
Escucho un ruido y se detuvo. “Oliverio tiene miedo”, retumbo en su cabeza.
Entonces se agacho de golpe. Sin pensarlo dos veces arranco uno de los te con leche de la caja y se volvió corriendo. Triste y furioso llego hasta el portón. El gato chillo apenas en su mano. Oliverio tuvo miedo de no poder salir. Pensó en los chicos riéndose de el. Sintió un calor que le apretaba las mejillas. Se apuro, se apuro, se apuro.
Cayó de un salto sobre la vereda.
-¡Listo! –se dijo-. Aquí lo tengo. Y ya iba a llevar su trofeo a los amigos cuando, por alguna razón, cambio de rumbo.
Volvió sobre sus pasos caminado.
Mas tranquilo, las palabras de Gustavo se le fueron disolviendo en los oídos. “Oliverio tiene miedo”, recordó.
Pero miro al gato en su mano y también miro su mano.
Entonces se paro frente a la casa de la vieja.
Iba a tocar el timbre cuando la vio acercarse a el con la escoba que usaba de bastón.
-Se le escapo un gatito-dijo Oliverio con la voz entrecortada.
Ella lo recibió en la mano y sin cambiar el gesto abrió el portón. Despeinada y mal vestida como estaba, tomo a Oliverio por el brazo y lo atrajo hacia adentro.
El, aterrorizado, se dejo arrastrar.
Con la escoba en una mano y Oliverio en la otra, la vieja Guillermina se abrió paso entre los gatos grises y flacos.
Y así, atravesando una galería, llegaron al jardín del fondo.
Se detuvo en un árbol de mandarinas. Las miro. Las palpo. Sin decir una sola palabra arranco la más madura para dársela a Oliverio. Así lo hizo.
Después se dio media vuelta, y apoyándose en la escoba, camino hasta meterse adentro de la casa. Callada como al principio cerro la puerta sin despedirse.
Oliverio se quedo parado sin saber que hacer. En el medio de un jardín desconocido.
Acomodo la mandarina en el bolsillo y espero unos minutos. Hubiese querido andar solo un buen rato. Pero apenas piso la vereda, los ojos desorbitados de los cuatro chicos se clavaron sobre el.
-¿estas bien? – repreguntaron-. ¿estas bien?
-Claro – Contesto Oliverio riéndose para adentro y entregando la mandarina a Gustavo le dijo con tono misterioso.
-Acá lo tenes. Parece una mandarina pero es un gato embrujado. ¡Eh, che! ¿Qué te pasa? ¿Por qué salís corriendo?

Por qué el hombre muere y no renace 
Mito extraído de “Libro de los pecados, los vicios y las virtudes”  
de Ana María Shua (Ed. Alfaguara). 


 
EGOISMO en un mito de los Masai, pueblo de África.

     Le-eyo fue uno de los primeros hombres, del que descienden los Masai.
     Cierta vez Naiteru-kop, un semidiós que protegía a Le-eyo, le enseñó cómo proceder si moría un niño para asegurarse de que la muerte no fuera definitiva. Cuando arrojara el cadáver, tenía que decir así: “Hombre, muere y vuelve a la vida; luna, muere y no vuelvas más”.
     Un niño murió poco después, pero no era uno de los hijos de Le-eyo, y cuando le pidieron que se llevara lejos el cadáver, lo levantó y se dijo a sí mismo: “Este niño no es mío; cuando arroje su cuerpo diré ‘Hombre, muere y no vuelvas más; luna, muere y vuelve a la vida’”.
     Así lo hizo y volvió tranquilamente a su casa.
     Pero después murió uno de sus propios hijos y esta vez pronunció la palabras mágicas tal como se las habían enseñado.
     Entonces apareció Naiteru-kop y le dijo:
     - Es inútil. Lo que hiciste con el otro niño hizo que el ser humano perdiera para siempre la oportunidad de volver a nacer.
     Y por eso cuando un hombre muere, ya no vuelve. Mientras que la Luna muere cada mes y sin embargo vuelve a renacer y siempre podremos seguir viéndola.

     Los animales y las plantas pueden haber sido creados con la muerte a cuestas. Pero el hombre nace para ser inmortal: así sucede en casi todos los mitos de creación, tanto en las religiones más sofisticadas como en las más primitivas. En su origen, ha sido creado para vivir eternamente. Ninguna cultura percibe como un hecho totalmente natural la muerte de un ser humano. Por eso es necesario un hecho, un pecado, un error, una circunstancia particular para que la muerte entre a formar parte de la vida humana. En el Antiguo Testamento, es el pecado de Adán. En la epopeya babilónica de Gilgamesh, es un error de Utnapishtin, el héroe del Diluvio. Entre los indios Surei de Rondonia, en el Amazonas, es simplemente la invención de la reproducción sexual y por lo tanto la necesidad de hacer lugar en la tierra para los nuevos que van llegando.
     En todas partes, desde todos los ángulos y culturas posibles, el conocimiento y la certeza que tiene el hombre de su propia muerte ineludible es una de las características que los convierten en humano y es, al mismo tiempo, intolerable. Como dice una antigua canción alemana:


     “Vivo y no sé por cuánto tiempo,
     moriré y no sé cuándo,
     voy, y no sé hacia dónde.
     Me asombra y maravilla
     que aún pueda ser feliz”.

                                                                                                                                            Ana María Shua